Creo que entiendo el antisemitismo, que en realidad es un movimiento sumamente complejo. Lo considero desde un punto de vista judío, pero sin temor ni odio.
Creo que puedo ver qué elementos hay en él de deporte vulgar, de común celo comercial, de prejuicio heredado, de intolerancia religiosa y también de pretendida legítima defensa.
Creo que la cuestión judía no es ni social ni religiosa, a pesar de que a veces adopta estas y otras formas. Es una cuestión nacional, que solo puede resolverse convirtiéndola en una cuestión política universal, para ser debatida y resuelta por las naciones civilizadas del mundo en consejo.
Somos un pueblo: un solo pueblo.
Hemos procurado sinceramente en todas partes integrarnos en la vida social de las comunidades circundantes y preservar la fe de nuestros padres. No se nos permite hacerlo.
En vano somos leales patriotas, llegando nuestra lealtad en algunos lugares hasta los extremos; en vano hacemos los mismos sacrificios de vida y propiedad que nuestros conciudadanos; en vano nos esforzamos por aumentar la fama de nuestra patria en la ciencia y el arte, o su riqueza mediante el comercio y la industria.
En países donde hemos vivido durante siglos todavía se nos recrimina que somos extranjeros, y a menudo por aquellos cuyos antepasados aún no estaban domiciliados en la tierra donde los judíos ya habían tenido experiencia del sufrimiento.
La mayoría puede decidir quiénes son los extranjeros; pues esta, al igual que de hecho cualquier cuestión que surja en las relaciones entre las naciones, es una cuestión de poder. No cedo aquí ninguna parte de nuestro derecho consuetudinario al hacer esta afirmación meramente en