Es asombroso cuán poca comprensión de la ciencia económica poseen muchos de los hombres que se mueven en medio de la vida activa. De ahí que incluso los judíos repitan fielmente el grito de los antisemitas: «Dependemos para nuestro sustento de las naciones que son nuestros huéspedes, y si no tuviéramos huéspedes que nos mantuvieran, moriríamos de hambre».
Este es un punto que muestra cómo las acusaciones injustas pueden debilitar nuestro autoconocimiento. Pero ¿cuáles son los verdaderos fundamentos de esta afirmación relativa a las naciones que actúan como "anfitrionas"? Cuando no se basa en limitadas opiniones fisiocráticas, se funda en el error infantil de que las mercancías pasan de mano en mano en rotación continua.
No necesitamos despertar de un largo sueño, como Rip van Winkle, para darnos cuenta de que el mundo se ha alterado considerablemente por la producción de nuevas mercancías. El progreso técnico alcanzado durante esta maravillosa era permite incluso al hombre de inteligencia más limitada advertir con sus ojos miopes la aparición de nuevas mercancías a su alrededor. El espíritu de empresa las ha creado.
El trabajo sin empresa es el trabajo estancado de los días antiguos; y su obra típica es la del labrador, que se encuentra hoy exactamente en el mismo lugar en que se hallaban sus antepasados hace mil años. Todo nuestro bienestar material ha sido traído por hombres de empresa. Siento casi vergüenza de poner por escrito una observación tan trillada. Aun si fuéramos una nación de empresarios —tal como nos presentan relatos absurdamente exagerados—, no necesitaríamos de otra nación para vivir. No dependemos de la circulación de mercancías viejas, porque producimos mercancías nuevas.