Era un lector omnívoro. Su extraordinario conocimiento de los libros se ponía de manifiesto en su conversación, pues le gustaba adornar su discurso con citas que acudían con facilidad a su memoria.
Herzl leyó el libro de Eugen Dühring El problema judío como problema de raza, moral y cultura, el primer y más importante esfuerzo por hallar una base «científica», filosófica, biológica e histórica para el antisemitismo que arrasaba Europa por aquellos días (1881).
Dühring veía la cuestión judía como una cuestión puramente racial, y para él la raza judía carecía de cualquier valor en absoluto. Aquellos pueblos que, por un falso sentimiento de humanidad, habían permitido a los judíos vivir entre ellos con derechos iguales y a veces incluso superiores, tenían que ser liberados del intruso dañino, tenían que ser des judaizados.
La lectura de este libro tuvo en él el efecto de un golpe entre los ojos. Las observaciones consignadas en su diario arden de indignación:
"Un libro infame... Si Dühring, que aúna una inteligencia tan innegable con una universalidad de conocimientos tan vasta, puede escribir así, ¿qué cabe esperar de las masas ignorantes?"
Esta apasionada reacción al libro de Dühring nos muestra cuán profundamente había sido conmovido, y cuán temiblemente se había sacudido su creencia de que la cuestión judía estaba a punto de desaparecer. Encontraremos ecos de esta experiencia en las páginas del Judenstaat. Por el momento, sin embargo, rehuía las consecuencias lógicas de sus reacciones. Su orgullo interior comenzó a levantarse.
La reacción más inmediata fue sin duda una percepción y una evaluación más agudas de sus compañeros de la Fraternidad. Herzl se había unido a una Fraternidad de esgrima y había participado activamente en ella.