colonización— o intentos de convertir a los judíos en campesinos en sus actuales hogares.
¿Qué se logra transportando a unos cuantos miles de judíos a otro país? O bien naufragan de inmediato, o prosperan, y entonces su prosperidad engendra el antisemitismo. Ya hemos hablado de estos intentos de desviar a los judíos pobres hacia nuevas regiones. Esta desviación es claramente inadecuada e inútil, si es que no llega a frustrar sus propios fines; pues se limita a prolongar y posponer una solución, y tal vez incluso agrava las dificultades.
Cualquiera que intentara convertir al judío en labrador cometería un error extraordinario. Pues el campesino pertenece a una categoría histórica, como lo demuestra su atuendo, que en algunos países ha usado durante siglos; y sus aperos, que son idénticos a los utilizados por sus antepasados más remotos.
Su arado no ha cambiado; lleva la semilla en el delantal; siega con la guadaña histórica y trilla con el venerable bieldo. Pero sabemos que todo esto puede hacerse mediante maquinaria. La cuestión agraria no es más que una cuestión de maquinaria.
América debe conquistar Europa, del mismo modo que las grandes propiedades territoriales absorben a las pequeñas. El campesino es, por consiguiente, un tipo en vías de extinción.
Siempre que se le preserva artificialmente, se hace en función de los intereses políticos a los que debe servir. Es absurdo, y de hecho imposible, fabricar campesinos modernos según el viejo modelo.
Nadie es lo suficientemente rico o poderoso como para hacer que la civilización dé un solo paso retrógrado. La mera preservación de instituciones obsolecentes es una tarea lo suficientemente dura como para requerir la aplicación de todas las medidas despóticas de un Estado gobernado autocráticamente.