alejado del judaísmo que solo el orgullo y un respeto decoroso por los sentimientos de sus padres le impedían bautizarse, no podía dejar de percibir que, como judío, los niveles más altos de la jerarquía de la función pública le estarían vedados.
El 5 de agosto de 1885, se retiró del servicio, decidido a buscar fama y fortuna como escritor.
Repletos de esperanza, emprendió un viaje que había de ser la introducción a su vida literaria. Visitó Bélgica y Holanda y en Berlín hizo valiosas amistades y se convirtió en colaborador habitual de varios periódicos importantes.
Así, el abanico de sus conexiones y relaciones se ampliaba año tras año, y cuando volvía a viajar, era un público cada vez más vasto el que aguardaba sus impresiones y observaciones.
En un libro de feuilletons reeditados de Herzl, publicado en los primeros años de su éxito como periodista, se dedican en total siete u ocho líneas a los judíos. Sus impresiones del gueto de Roma.
"¡Qué vaho en el aire, qué calle! Incontables puertas y ventanas abiertas abarrotadas de innumerables rostros pálidos y consumidos. ¡El gueto! Con qué bajo y persistente odio han sido perseguidos estos desdichados por el único crimen de la fidelidad a su religión. Hemos recorrido un largo camino desde aquellos tiempos: hoy en día al judío se le desprecia solo por tener la nariz aguileña, o por ser un plutócrata aun cuando da la casualidad de que es un muerto de hambre."
La compasión y la amargura abundan en estas líneas, pero están escritas por un espectador distante. No sabía cuánto del judío había en él, ni siquiera en este sentimiento de lejanía respecto a un mundo que le ofrecía, no una realidad viva, sino la insensatez.