Hacia 1892, Herzl había alcanzado un gran éxito como dramaturgo y como periodista; sus obras se habían representado en el escenario del principal teatro de Viena y, para colmo de males, llegó un nombramiento para formar parte de la redacción de la Neue Freie Presse, uno de los periódicos más distinguidos del continente.
A principios de octubre recibió un telegrama de la Neue Freie Presse en el que le preguntaban si aceptaría el puesto de corresponsal en París. Respondió inmediatamente en sentido afirmativo y se marchó a la capital francesa a finales de ese mismo mes. Les escribió a sus padres:
"El puesto de corresponsal en París es el trampolín hacia grandes cosas, y las lograré, para vuestra gran alegría, mis muy queridos y amados padres."
Herzl sostuvo con éxito la comparación con sus grandes modelos y predecesores. Tanto en el estilo como en el fondo, sus reportajes y artículos eran obras maestras en su género. Afrontó su labor con el bagaje de un feuilletonista perfecto; su estilo era pulido y musical; poseía en un grado excepcional la capacidad de describir paisajes naturales con unos pocos trazos finos y claros, y de sugerir, más que de reproducir, un estado de ánimo con un mínimo de palabras.
Todo estaba allí, fondo, ambiente y desarrollo de la acción en equilibrio plástico. Fue solo ahora, cuando una gran oportunidad lo incitó al máximo esfuerzo, que todas las lecciones de los años de su aprendizaje edificaron una perfección multifacética.
Se entregó seria y diligentemente al oficio periodístico.
Observaba con suma atención todo lo que ocurría a su alrededor, y escuchaba con agudeza. Pero aún no había llegado el momento de revelar la misión que llevaba dentro. Estaba en camino; el proceso de preparación había comenzado.