La idea que he desarrollado en este opúsculo es muy antigua: se trata de la restauración del Estado judío.
El mundo resuena con clamores contra los judíos, y estos clamores han despertado la idea adormecida.
Deseo que se comprenda claramente desde el principio que ninguna parte de mi argumento se basa en un nuevo descubrimiento. No he descubierto ni la condición histórica de los judíos ni los medios para mejorarla.
De hecho, cada hombre verá por sí mismo que los materiales de la estructura que estoy diseñando no solo existen, sino que en realidad ya están a mano.
Si, por lo tanto, ha de designarse este intento de resolver la Cuestión Judía con una sola palabra, que se diga que es el resultado de una conclusión ineludible más que el de una imaginación volátil.
Debo, en primer lugar, resguardar mi proyecto de ser tratado como utópico por críticos superficiales que podrían cometer este error de juicio si no les advirtiera. Obviamente, no habría hecho nada de lo que debiera avergonzarme si hubiera descrito una utopía sobre líneas filantrópicas; y también habría obtenido, con toda probabilidad, el éxito literario con mayor facilidad si hubiera expuesto mi plan bajo el disfraz irresponsable de un cuento romántico.
Pero esta Utopía es mucho menos atractiva que cualquiera de las descritas por Sir Tomás Moro y sus numerosos predecesores y sucesores. Y creo que la situación de los judíos en muchos países es lo