Los «asimilados» dan expresión a este agravio secreto en iniciativas «filantrópicas». Organizan sociedades de emigración para los judíos errantes.
Existe una cara opuesta en el cuadro que resultaría cómica, de no tratarse de seres humanos. Pues algunas de estas instituciones de caridad no se crean a favor, sino en contra de los judíos perseguidos; se crean para despachar a estas pobres criaturas tan rápida y lejanamente como sea posible. Y así, no pocas veces un aparente amigo de los judíos resulta ser, tras una cuidadosa inspección, nada más que un antisemita de origen judío, disfrazado de filántropo.
Pero los intentos de colonización hechos incluso por hombres verdaderamente benevolentes, por interesantes que hayan sido, no han tenido éxito hasta ahora.
No creo que este o aquel hombre abordara el asunto meramente como un pasatiempo, que participaran en la emigración de judíos pobres como quien se aficiona a las carreras de caballos. El asunto era demasiado grave y trágico para semejante trato.
Estos intentos eran interesantes, por cuanto representaban a pequeña escala los precursores prácticos de la idea de un Estado judío. Fueron incluso útiles, ya que de sus errores se puede extraer experiencia para llevar a cabo la idea con éxito a mayor escala.
Naturalmente, también han causado daño. El traslado del antisemitismo a nuevas regiones, que es la consecuencia inevitable de semejante infiltración artificial, me parece el menor de estos males. Mucho peor es la circunstancia de que los resultados insatisfactorios tiendan a arrojar dudas sobre los hombres inteligentes.