¿Cómo, en ese estado de ánimo suyo, habría podido evitar chocar con la cuestión judía?
Ya desde los tiempos de su viaje a España, cuando había buscado la curación de sus tormentos domésticos y espirituales, la cuestión se le había presentado y había clamado por una expresión artística.
Su llamada a París había sido un pretexto bienvenido, tal vez, para posponer la escritura de su novela judía —tanto más cuanto que probablemente no estaba lo suficientemente maduro para semejante empresa.
Ahora que se hallaba en París, donde se le abrieron los ojos a la totalidad del proceso social, comenzó a acercarse en espíritu a sus hermanos judíos, y a mirarlos con mayor afecto y menor inhibición.
Los encontraba tan difíciles estéticamente como antes, pero se esforzó por captar la esencia de su carácter y sustancia, y por juzgarlos sin prejuicios.
Cuando Herzl llegó a París, el antisemitismo no había alcanzado —a pesar de los esfuerzos de Drumont y de su periódico, la Libre Parole, fundado en 1892— las dimensiones de un movimiento genuino, ni estaba destinado a convertirse en uno en el sentido alemán.
Pero sirvió de foco para toda clase de descontentos y resentimientos; atrajo también a ciertos espíritus críticos serios; su influencia crecía de día en día, y la situación de los judíos se volvió cada vez más incosteable.
El contacto de Herzl con el antisemitismo se remontaba a sus años de estudiante, cuando este había adquirido por primera vez la forma de un movimiento político social. Había sido consciente de él como escritor, aunque el contacto nunca había madurado hasta convertirse en una lucha interior seria ni le había obligado a expresarlo.