Creo que este poder, si se emplea adecuadamente, es lo suficientemente potente como para propulsar una gran máquina y trasladar pasajeros y mercancías: teniendo la máquina la forma que los hombres decidan darle.
Estoy absolutamente convencido de que tengo razón, aunque dudo que llegue a vivir para ver cómo se demuestra que la tengo. Quienes son los primeros en inaugurar este movimiento apenas vivirán para ver su glorioso final. Pero la inauguración del mismo basta para darles un sentimiento de orgullo y la alegría de la libertad espiritual.
No seré pródigo en descripciones artísticamente elaboradas de mi proyecto, por miedo a incurrir en la sospecha de pintar una Utopía. Previsto tengo, en cualquier caso, que los burlones desconsiderados caricaturicen mi boceto y traten así de debilitar su efecto.
Un judío, inteligente en otros aspectos, a quien expuse mi plan, era de la opinión de que «una utopía era un proyecto cuyos detalles futuros se representaban como ya existentes».
Esto es una falacia.
Todo Canciller del Exchequer calcula en sus estimaciones presupuestarias con cifras supuestas, y no solo con aquellas que se basan en los rendimientos medios de años anteriores, o en ingresos previos en otros Estados, sino a veces con cifras para las que no existe ningún precedente en absoluto; como por ejemplo, al instituir un nuevo impuesto. Todo el que estudia un presupuesto sabe que esto es así.
Pero aun si se supiera que no se seguirían estrictamente las estimaciones, ¿se consideraría utópico semejante proyecto financiero?
Pero espero más de mis lectores. Pido a los hombres cultos a los que me dirijo que dejen de lado muchas ideas preconcebidas. Iré incluso tan lejos