- Las primeras se realizan con un sentimiento de satisfacción y la firme seguridad de que son gratas a Dios. * Estos son los actos sagrados y por lo general se considera que son la oración, la lectura de la Biblia, el canto de himnos, la asistencia a la iglesia y otros actos similares que brotan directamente de la fe. Se les puede reconocer por el hecho de que no tienen relación directa con este mundo, y no tendrían ningún sentido excepto en la medida en que la fe nos muestra otro mundo, «una casa no hecha de manos, eterna en
Frente a estos actos sagrados se encuentran los seculares. Estos incluyen todas las actividades ordinarias de la vida que compartimos con los hijos y las hijas de Adán: comer, dormir, trabajar, atender las necesidades del cuerpo y cumplir con nuestros deberes grises y prosaicos aquí en la tierra.
A menudo hacemos esto a regañadientes y con muchas dudas, pidiéndole disculpas a Dios con frecuencia por lo que consideramos una pérdida de tiempo y de fuerzas.
El resultado de esto es que la mayor parte del tiempo nos sentimos incansables. No, perdón: nos sentimos inquietos. Realizamos nuestras tareas cotidianas con una sensación de profunda frustración, diciéndonos pensativamente que llegará un día mejor en el que nos despojaremos de esta cáscara terrenal y no nos molestaremos más con los asuntos de este mundo.
Esta es la vieja antítesis entre lo sagrado y lo secular. La mayoría de los cristianos están atrapados en su trampa. No logran un ajuste satisfactorio entre las demandas de ambos mundos. Intentan caminar por la cuerda floja entre dos reinos y no hallan paz en ninguno. Su fuerza se ve mermada, su perspectiva confundida y su gozo les es arrebatado.
Creo que este estado de cosas es completamente innecesario.