Una adoración como la que conoció Faber (y él no es sino uno de una gran compañía que ningún hombre puede contar) nunca puede provenir de un mero conocimiento doctrinal de Dios. Los corazones que están «a punto de estallar» de amor por la Divinidad son aquellos que han estado en la Presencia y han contemplado con ojos abiertos la majestad de la Deidad. Los hombres de los corazones quebrantados poseían una cualidad que los hombres comunes no conocían ni comprendían. Hablaban habitualmente con autoridad espiritual. Habían estado en la Presencia de Dios y relataban lo que allí habían visto. Eran profetas, no escribas, pues el escriba nos dice lo que ha leído, y el profeta cuenta lo que ha visto.
La distinción no es imaginaria. Entre el escriba que ha leído y el profeta que ha visto hay una diferencia tan ancha como el mar.
Hoy estamos invadidos de escribas ortodoxos, pero los profetas, ¿dónde están? La voz áspera del escriba resuena sobre el evangelicalismo, pero la Iglesia espera la voz tierna del santo que ha penetrado el velo y ha contemplado con ojo interior la Maravilla que es Dios.
Y, sin embargo, penetrar así, adentrarse en la santa Presencia con una experiencia viva y sensible, es un privilegio abierto a todo hijo de Dios.
Con el velo quitado por el desgarro de la carne de Jesús, sin nada de parte de Dios que nos impida entrar, ¿por qué nos demoramos afuera?
¿Por qué consentimos en morar todos nuestros días justo fuera del Lugar Santísimo y nunca entrar del todo para contemplar a Dios? Oímos al Esposo decir: «Déjame ver tu rostro, déjame oír tu voz; porque dulce es tu voz, y hermoso tu rostro».
Percibimos que el llamado es para nosotros, pero aun así no nos acercamos, y los años pasan y envejecemos y nos cansamos en los patrios exteriores del tabernáculo. ¿Qué nos estorba?