Este error está tan extendido que uno se siente completamente solo cuando intenta combatirlo. Ha actuado como una especie de tinte para teñir el pensamiento de las personas religiosas y ha teñido también los ojos, de modo que resulta casi imposible detectar su falacia. A pesar de todas las enseñanzas del Nuevo Testamento que afirman lo contrario, se ha dicho y cantado a lo largo de los siglos, y se ha aceptado como parte del mensaje cristiano, lo cual con toda seguridad no es. Tan solo los cuáqueros, hasta donde alcanza mi conocimiento, han tenido la percepción de ver el error y el valor de exponerlo.
He aquí los hechos tal como los veo. Durante cuatro cuatrocientos años Israel había habitado en Egipto, rodeado de la idolatría más burda. Por la mano de Moisés fueron sacados al fin y emprendieron el camino hacia la tierra prometida. La idea misma de santidad se había perdido para ellos. Para corregir esto, Dios comenzó desde abajo. Se localizó a sí mismo en la nube y en el fuego y más tarde, cuando el tabernáculo hubo sido construido, habitó en manifestación de fuego en el Lugar Santísimo. Mediante innumerables distinciones, Dios enseñó a Israel la diferencia entre lo santo y lo profano. Hubo días santos, vasos santos, vestiduras santas. Hubo lavamientos, sacrificios, ofrendas de muchas clases. Por estos medios Israel aprendió que Dios es santo. Era esto lo que les estaba enseñando. No la santidad de las cosas o de los lugares, sino la santidad de Jehová era la lección que debían aprender.
Luego llegó el gran día en que Cristo apareció. Inmediatamente comenzó a decir: «Oísteis que fue dicho a los antiguos... mas yo os digo». La enseñanza del Antiguo Testamento había terminado. Cuando Cristo murió en la cruz, el velo del templo se rasgó de arriba a abajo. El Lugar Santísimo fue abierto a todo aquel que quisiera entrar en la fe. Las palabras de Cristo fueron recordadas: «La hora viene cuando ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre... Mas la hora viene, y ahora es,