nosotros. … No hay nada bueno, nada santo, nada hermoso, nada gozoso que Él no sea para sus siervos. Nadie necesita ser pobre, porque, si así lo prefiere, puede tener a Jesús como su propia propiedad y posesión. Nadie necesita estar abatido, porque Jesús es el gozo del cielo, y su gozo es entrar en los corazones dolientes. Podemos exagerar acerca de muchas cosas; pero jamás podremos exagerar nuestra deuda con Jesús, ni la compasiva abundancia del amor de Jesús hacia nosotros. Toda nuestra vida podríamos hablar de Jesús, y aun así nunca llegaríamos al fin de las cosas dulces que podrían decirse de Él. La eternidad no será lo suficientemente larga para aprender todo lo que Él es, o para alabarle por todo lo que ha hecho; pero eso no importa, pues estaremos siempre con Él, y no deseamos nada más». Y dirigiéndose directamente a nuestro Señor, le dice:
I love Thee so, I know not how My transports to control; Thy love is like a burning fire Within my very soul.
El ardiente amor de Faber se extendía también al Espíritu Santo. No solo en su teología reconoció su divinidad y plena igualdad con el Padre y el Hijo, sino que la celebró constantemente en sus cantos y en sus oraciones. Literalmente presionaba su frente contra el suelo en su fervoroso y ansioso culto a la Tercera Persona de la Divinidad. En uno de sus grandes himnos al Espíritu Santo resume así su devoción abrasadora:
¡Oh Espíritu, hermoso y terrible! Se me destroza el corazón De amor por toda tu ternura Por nosotros, pobres pecadores.
He corrido el riesgo de la tediosa cita para mostrar mediante un ejemplo preciso lo que me he propuesto decir, a saber, que Dios es tan enormemente maravilloso, tan absoluta y completamente deleitable que Él puede, sin otra cosa que Sí mismo, satisfacer y desbordar las más hondas demandas de toda nuestra naturaleza, por misteriosa y profunda que esa naturaleza sea.