nuestra visión hacia adentro y la ha vuelto egocéntrica. La incredulidad ha puesto al yo donde debería estar Dios, y está peligrosamente cerca del pecado de Lucifer, quien dijo: «pondré mi trono por encima del trono de Dios». La fe mira hacia afuera en vez de hacia adentro y toda la vida se alinea.
Todo esto puede parecer demasiado simple. Pero no tenemos que ofrecer ninguna disculpa.
A aquellos que buscarían subir al cielo en busca de ayuda o descender al infierno, Dios les dice: «La palabra está cerca de ti, aun la palabra de fe».
La palabra nos induce a levantar nuestros ojos al Señor y comienza la bendita obra de la fe.
Cuando levantamos los ojos interiores para contemplar a Dios, tenemos la certeza de encontrarnos con unos ojos amigos que nos devuelven la mirada, porque está escrito que los ojos del Señor recorren toda la tierra. El dulce lenguaje de la experiencia es: «Tú, Dios, me ves». Cuando los ojos del alma que miran hacia afuera se encuentran con los ojos de Dios que miran hacia adentro, el cielo ha comenzado aquí mismo, en esta tierra.
“Cuando todo mi esfuerzo se dirige hacia Ti porque todo Tu esfuerzo se dirige hacia mí; cuando miro hacia Ti solo con toda mi atención, ni desvío jamás los ojos de mi mente, porque Tú me envuelves con Tu constante mirada; cuando dirijo mi amor hacia Ti solo porque Tú, que eres el Amor mismo, te has vuelto hacia mí solo. Y qué es, Señor, mi vida, sino ese abrazo en el que Tu deleitosa dulzura me envuelve con tanto amor?”
Así escribió Nicolás de Cusa hace cuatrocientos años.
Me gustaría decir más acerca de este viejo hombre de Dios. Hoy en día no es muy conocido en ninguna parte entre los creyentes cristianos, y entre