La presencia universal
¿A dónde me iré de tu espíritu? ¿Y a dónde huiré de tu presencia?
En toda enseñanza cristiana se encuentran ciertas verdades fundamentales, ocultas a veces, y más dadas por sentadas que afirmadas, pero necesarias para toda verdad, tal como los colores primarios se encuentran en la pintura terminada y son necesarios para ella. Una verdad semejante es la inmanencia divina.
Dios habita en Su creación y está presente en todas partes de manera indivisible en todas Sus obras.
Esto es enseñado audazmente por profetas y apóstoles, y es aceptado por la teología cristiana en general. Es decir, aparece en los libros, pero por alguna razón no ha calado en el corazón del cristiano promedio como para convertirse en parte de su ser creyente.
Los maestros cristianos eluden todas sus implicaciones y, si lo mencionan, lo atenúan hasta que tiene poco significado. Supongo que la razón de esto es el temor a ser acusados de panteísmo; pero la doctrina de la presencia divina definitivamente no es panteísmo.
El error del panteísmo es demasiado palpable para engañar a nadie. Consiste en que Dios es la suma de todas las cosas creadas. La naturaleza y Dios son uno, de modo que quien toca una hoja o una piedra toca a Dios. Eso es, por supuesto, degradar la gloria de la Deidad incorruptible y, en un esfuerzo por hacer divinas todas las cosas, desterrar por completo toda divinidad del mundo.