«Si yo me honro a mí mismo —dijo en cierta ocasión—, mi honra nada es; mi Padre es el que me honra». Tan lejos se habían apartado los orgullosos fariseos de esta ley que no podían entender a alguien que honraba a Dios a costa propia. > «Yo honro a mi Padre —les dijo Jesús—, y vosotros
Otro dicho de Jesús, y de lo más inquietante, fue formulado en forma de pregunta: «¿Cómo podéis vosotros creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la gloria que viene del Dios único?».
Si entiendo esto correctamente, Cristo enseñó aquí la alarmante doctrina de que el deseo de honor entre los hombres hacía que la creencia fuera imposible.
- ¿Es este pecado la raíz de la incredulidad religiosa?
- ¿Podría ser que esas «dificultades intelectuales» de las que los hombres culpan a su incapacidad para creer no sean más que cortinas de humo para ocultar la verdadera causa que hay detrás de ellas?
- ¿Fue este ávido deseo de honor por parte del hombre lo que convirtió a los hombres en fariseos y a los fariseos en deicidas?
- ¿Es este el secreto detrás de la justicia propia religiosa y del culto vacío?
Creo que puede ser así. Todo el curso de la vida se trastorna al no poner a Dios en el lugar que le corresponde. Nos ensalzamos a nosotros mismos en lugar de a Dios y la maldición se sigue.
En nuestro anhelo por Dios, tengamos siempre presente que Dios también tiene un anhelo, y su anhelo se dirige hacia los hijos de los hombres, y más particularmente hacia aquellos hijos de los hombres que tomen la decisión irrevocable de exaltarle por encima de todo.