sino un cambio consciente y experimentado que afecte a toda la naturaleza del pecador. La expiación en la sangre de Jesús hace posible tal cambio en el plano judicial, y la obra del Espíritu Santo lo hace emocionalmente satisfactorio. La historia del hijo pródigo ilustra perfectamente esta última fase. Él se había atraído un mundo de problemas al abandonar la posición que le correspondía legítimamente como hijo de su padre. En el fondo, su restauración no fue más que el restablecimiento de la relación padre-hijo que había existido desde su nacimiento y que había sido alterada temporalmente por su acto de rebelión pecaminosa. Esta historia pasa por alto los aspectos legales de la redención, pero aclara maravillosamente los aspectos experienciales de la salvación.
En la determinación de las relaciones debemos empezar por alguna parte. Debe haber en alguna parte un centro fijo contra el cual se mida todo lo demás, donde la ley de la relatividad no entre y podamos decir «es» y no hacer concesiones.
Tal centro es Dios. Cuando Dios quiso dar a conocer Su Nombre a la humanidad, no pudo encontrar mejor palabra que «Yo soy»
Cuando Él habla en primera persona dice: «Yo soy»; cuando hablamos de Él decimos: «Él es»; cuando le hablamos a Él decimos: «Tú eres».
Todos los demás y todo lo demás se miden a partir de ese punto fijo. «Yo soy el que soy», dice Dios, «No cambio».
Así como el marinero localiza su posición en el mar «fichando» el sol, nosotros podemos orientarnos moralmente mirando a Dios. Debemos empezar por Dios. Estamos en lo correcto cuando —y solo cuando— nos encontramos en una posición correcta en relación con