la preponderancia del elemento de diversión en las reuniones evangélicas, la glorificación de los hombres, la confianza en las externalidades religiosas, confraternidades cuasirreligiosas, métodos de venta, la confusión de una personalidad dinámica con el poder del Espíritu: estos y otros semejantes son los síntomas de una enfermedad maligna, un profundo y grave mal del alma.
De esta gran enfermedad que nos aqueja ninguna persona es responsable por sí sola, y ningún cristiano está totalmente libre de culpa. Todos hemos contribuido, directa o indirectamente, a este triste estado de cosas. Hemos sido demasiado ciegos para ver, o demasiado tímidos para alzar la voz, o demasiado complacientes para desear algo mejor que la mediocre dieta habitual con la que otros parecen estar conformes.
Dicho de otro modo, hemos aceptado las nociones de los demás, hemos copiado las vidas de los demás y hemos hecho de las experiencias de los demás el modelo para las nuestras. Y durante una generación la tendencia ha ido en picada. Ahora hemos llegado a un lugar bajo de arena y hierba de alambre quemada y, lo peor de todo, hemos hecho que la Palabra de la Verdad se adapte a nuestra experiencia y hemos aceptado este plano bajo como el verdadero prado de los bienaventurados.
Requerirá de un corazón resuelto y de no poca valentía zafarnos de las garras de nuestra época y volver a los caminos bíblicos. Pero se puede hacer. De vez en cuando en el pasado los cristianos han tenido que hacerlo. La historia registra varios regresos a gran escala liderados por hombres como san Francisco, Martín Lutero y George Fox.