Como con todo lo bueno en la vida humana, detrás de esta receptividad está Dios. La soberanía de Dios está aquí, y es sentida incluso por aquellos que no han puesto particular énfasis en ella teológicamente. El piadoso Miguel Ángel confesó esto en un soneto:
Mi corazón sin ayuda es tierra estéril, que de su propio ser nada puede alimentar: de las obras buenas y piadosas Tú eres la semilla, que germina solo donde Tú dices que puede: a menos que nos muestres Tu propio camino verdadero nadie puede encontrarlo: ¡Padre! Debes guiar.
Estas palabras merecen ser estudiadas como el testimonio profundo y serio de un gran cristiano.
Por importante que sea que reconozcamos a Dios obrando en nosotros, quisiera, sin embargo, advertir contra una preocupación excesiva por este pensamiento. Es el camino seguro hacia la pasividad estéril.
Dios no nos exigirá que entendamos los misterios de la elección, la predestinación y la soberanía divina. La mejor y más segura manera de tratar estas verdades es levantar nuestros ojos a Dios y, con la más profunda reverencia, decir: «Oh Señor, tú lo sabes».
Esas cosas pertenecen al abismo profundo y misterioso de la omnisciencia de Dios. Indagar en ellas podrá hacer teólogos, pero jamás hará santos.