Sería muy propio de Dios hacer que lo más vital sea fácil y ponerlo al alcance de la posibilidad para el más débil y el más pobre de nosotros.
De todo esto se pueden sacar legítimamente varias conclusiones. Su sencillez, por ejemplo.
Dado que creer es mirar, puede hacerse sin equipo especial ni parafernalia religiosa. Dios se ha asegurado de que lo único esencial para la vida y la muerte jamás quede sujeto a los caprichos del azar.
El equipo puede romperse o perderse, el agua puede agotarse, los registros pueden ser destruidos por el fuego, el ministro puede retrasarse o la iglesia incendiarse. Todo esto es ajeno al alma y está sujeto al azar o al fallo mecánico: pero mirar es propio del corazón y puede hacerlo con éxito cualquier hombre de pie, de rodillas o agonizando a mil millas de cualquier iglesia.
Como creer es mirar, puede hacerse en cualquier momento. Ninguna estación es superior a otra para este, el más dulce de todos los actos. Dios nunca hizo que la salvación dependiera de lunas nuevas, ni de días festivos o sábados. Un hombre no está más cerca de Cristo el Domingo de Pascua de lo que está, digamos, un sábado 3 de agosto o un lunes 4 de octubre. Mientras Cristo se siente en el trono mediador, cada día es un buen día y todos los días son días de salvación.
Tampoco importa el lugar en esta bendita obra de creerle a Dios.
Eleva tu corazón y déjalo reposar sobre Jesús, y al instante estarás en un santuario, aunque se trate de un camarote de tren, una fábrica o una cocina.
Puedes ver a Dios desde cualquier lugar si tu mente está dispuesta a amarle y obedecerle.
Ahora bien, alguien podrá preguntar: «¿No es esto de lo que hablas para personas especiales, como monjes o ministros, que por la naturaleza de su