Las distracciones pueden obstaculizar, pero una vez que el corazón se ha entregado a Él, tras cada breve excursión lejos de Él, la atención volverá a Él y descansará en Él como un ave errante que regresa a su ventana.
Yo enfatizaría este único compromiso, este gran acto volitivo que establece la intención del corazón de contemplar para siempre a Jesús.
Dios toma esta intención como nuestra elección y hace las concesiones que debe ante las mil distracciones que nos acosan en este mundo malvado. Él sabe que hemos fijado la dirección de nuestro corazón hacia Jesús, y nosotros también podemos saberlo, y consolarnos con el conocimiento de que se está formando un hábito del alma que con el tiempo se convertirá en una especie de reflejo espiritual que ya no requerirá ningún esfuerzo consciente de nuestra parte.
La fe es la menos egocéntrica de las virtudes. Es, por su propia naturaleza, apenas consciente de su propia existencia.
Como el ojo, que ve todo lo que tiene delante y nunca se ve a sí mismo, la fe se ocupa del Objeto en el que descansa y no presta atención alguna a sí misma. Mientras miramos a Dios no nos vemos a nosotros mismos: bendito alivio.
El hombre que ha luchado por purificarse y no ha obtenido más que repetidos fracasos experimentará un verdadero alivio cuando deje de juguetear con su alma y aparte la mirada hacia el Perfecto. Mientras mira a Cristo, las mismas cosas que tanto tiempo lleva intentando hacer se irán realizando en su interior. Será Dios obrando en él tanto el querer como el hacer.
La fe no es en sí misma un acto meritorio; el mérito está en Aquel hacia quien se dirige. La fe es una redirección de nuestra mirada, un salir del enfoque de nuestra propia visión y poner a Dios en foco. El pecado ha torcido