escrita? No necesitamos temer enfrentarnos a esto. La Voz que habla es un hecho. Cómo han reaccionado los hombres ante ella es algo que cualquier observador puede
Cuando Dios habló desde el cielo a nuestro Señor, los hombres egocéntricos que lo oyeron lo atribuyeron a causas naturales: dijeron: «Tronó».
Este hábito de explicar la Voz recurriendo a la ley natural está en la raíz misma de la ciencia moderna. En el cosmos vivo y palpitante hay Algo misterioso, demasiado maravilloso y terrible para que cualquier mente pueda comprenderlo. El hombre creyente no pretende comprender. Cae de hinojos y susurra: «Dios».
El hombre terrenal se arrodilla también, pero no para adorar. Se arrodilla para examinar, para investigar, para hallar la causa y el porqué de las cosas. Da la casualidad de que ahora vivimos en una era secular. Nuestros hábitos de pensamiento son los del científico, no los del adorador. Somos más propensos a explicar que a adorar.
«Tronó», exclamamos, y seguimos nuestro camino terrenal. Pero la Voz aún suena y escruta. El orden y la vida del mundo dependen de esa Voz, pero los hombres están por lo general demasiado ocupados o demasiado tercos para prestar atención.
Cada uno de nosotros ha tenido experiencias que no ha podido explicar: una repentina sensación de soledad, o un sentimiento de asombro o temor reverente ante la inmensidad universal. O bien hemos tenido una visita fugaz de luz, como una iluminación procedente de algún otro sol, que nos ha dado en un rápido destello la seguridad de que somos de otro mundo, de que nuestros orígenes son divinos.