Ese odio monacal hacia el cuerpo que figura de manera tan prominente en las obras de ciertos escritores devocionales antiguos carece por completo de fundamento en la Palabra de Dios.
La modestia común se encuentra en las Sagradas Escrituras, es verdad, pero nunca el puritanismo o un falso sentido de la vergüenza.
El Nuevo Testamento acepta como algo natural que en Su encarnación nuestro Señor asumió un cuerpo humano real, y no se hace ningún esfuerzo por evadir las consecuencias directas de tal hecho. Él vivió en ese cuerpo aquí entre los hombres y ni una sola vez realizó un acto no sagrado.
Su presencia en la carne humana barre para siempre la malvada noción de que hay en el cuerpo humano algo intrínsecamente ofensivo para la Deidad. Dios creó nuestros cuerpos, y no le ofendemos al situar la responsabilidad donde corresponde. Él no se avergüenza de la obra de Sus propias manos.
La perversión, el mal uso y el abuso de nuestros poderes humanos deberían darnos motivos suficientes para avergonzarnos.
Los actos corporales cometidos en pecado y en contra de la naturaleza jamás pueden honrar a Dios.
Dondequiera que la voluntad humana introduce el mal moral, ya no tenemos nuestros poderes inocentes e inofensivos tal como Dios los hizo; tenemos en su lugar una cosa abusada y retorcida que nunca puede traer gloria a su Creador.
Supongamos, sin embargo, que la perversión y el abuso no están presentes. Pensemos en un creyente cristiano en cuya vida se han obrado los dos milagros gemelos del arrepentimiento y el nuevo nacimiento. Ahora vive conforme a la voluntad de Dios tal como la entiende a partir de la Palabra escrita.