Spinoza escribió sobre el amor intelectual a Dios, y había en ello una medida de verdad; pero el amor más alto a Dios no es intelectual, es espiritual. Dios es espíritu y solo el espíritu del hombre puede conocerle verdaderamente.
En lo profundo del espíritu de un hombre debe arder el fuego o su amor no es el verdadero amor a Dios.
Los grandes del Reino han sido aquellos que amaron a Dios más que los demás. Todos sabemos quiénes han sido y rendimos con gusto homenaje a la profundidad y sinceridad de su devoción. No tenemos más que detenernos un momento y sus nombres desfilan ante nosotros oliendo a mirra, áloe y casia procedentes de los palacios de marfil.
Frederick Faber fue uno cuya alma suspiraba por Dios como el ciervo suspira por las corrientes de las aguas, y la medida en que Dios se reveló a su corazón buscador encendió la vida entera del buen hombre con una ardiente adoración que rivalizaba con la de los serafines ante el trono.
Su amor por Dios se extendía a las tres Personas de la Divinidad por igual, pero parecía sentir por cada una un tipo especial de amor reservado solo para Ella. De Dios el Padre canta:
Solo sentarse a pensar en Dios, ¡Oh, qué dicha tan grande es! Pensar el pensamiento, pronunciar el Nombre; La tierra no tiene mayor dicha.
¡Padre de Jesús, galardón del amor! ¡Qué éxtasis será, Postrado ante Tu trono yacer, Y mirarte y mirarte a Ti!
Su amor por la Persona de Cristo era tan intenso que amenazaba con consumirlo; ardía en su interior como una dulce y santa locura y brotaba de sus labios como oro fundido. En uno de sus sermones dice: «Dondequiera que miremos en la iglesia de Dios, ahí está Jesús. Él es el principio, el medio y el fin de todo para