“Miraron a él, y fueron alumbrados; y sus rostros no fueron avergonzados” ( Salmos 34:5 ). > “A ti alcé my ojos, a ti que habitas en los cielos. He aquí, como los ojos de los siervos miran a la mano de sus amos, y como los ojos de la sierva a la mano de su señora, así nuestros ojos miran a Jehová nuestro Dios, hasta que tenga misericordia de nosotros” ( Salmos 123:1–2 ). Aquí el hombre que busca misericordia mira fijamente al Dios de misericordia y jamás aparta los ojos de Él hasta que se le concede la misericordia. Y nuestro Señor mismo miraba siempre a Dios. > “Y alzando los ojos al cielo, bendijo, y partió, y dio los panes a los discípulos” ( Mateo 14:19 ). En efecto, Jesús enseñó que Él obraba sus obras manteniendo siempre sus ojos interiores puestos en su Padre. Su poder residía en su mirada continua a Dios (
En total acuerdo con los pocos textos que hemos citado se encuentra todo el tenor de la Palabra inspirada. Se resume para nosotros en la epístola a los hebreos cuando se nos instruye a correr la carrera de la vida «puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe».
De todo esto aprendemos que la fe no es un acto realizado una sola vez, sino una mirada continua del corazón hacia el Dios Trino.
Creer, por lo tanto, es dirigir la atención del corazón hacia Jesús. Es elevar la mente para «contemplar al Cordero de Dios», y no cesar jamás de contemplarlo por el resto de nuestras vidas. Al principio esto puede ser difícil, pero se vuelve más fácil a medida que miramos fijamente Su maravillosa Persona, en silencio y sin esfuerzo.