Mientras el tabernáculo estuvo en pie, solo el sumo sacerdote podía entrar allí, y eso tan solo una vez al año, con sangre que ofrecía por sus pecados y los del pueblo. Fue este último velo el que se rasgó cuando nuestro Señor entregó el espíritu en el Calvario, y el escritor sagrado explica que este rasgar del velo abrió el camino para que cada adorador en el mundo llegara, por el camino nuevo y vivo, directamente a la presencia divina.
Todo en el Nuevo Testamento concuerda con este cuadro del Antiguo Testamento. Los hombres redimidos ya no necesitan detenerse con temor para entrar en el Lugar Santísimo. Dios quiere que avancemos hacia Su presencia y vivamos toda nuestra vida allí. Esto ha de ser conocido por nosotros en la experiencia consciente. Es más que una doctrina que debe sostenerse, es una vida que debe disfrutarse cada momento de cada día.
Esta Llama de la Presencia era el corazón latiente del orden levítico. Sin ella, todos los enseres del tabernáculo eran caracteres de un idioma desconocido; carecían de significado para Israel o para nosotros. El hecho más grandioso del tabernáculo era que Jehová estaba allí; una Presencia aguardaba tras el velo. De igual manera, la Presencia de Dios es el hecho central del cristianismo. En el corazón del mensaje cristiano está Dios mismo esperando que sus hijos redimidos avancen hacia la conciencia consciente de su Presencia. Ese tipo de cristianismo que hoy está en boga conoce esta Presencia solo en teoría. No logra enfatizar el privilegio que tiene el cristianismo de la realización presente. De acuerdo con sus enseñanzas, estamos en la Presencia de Dios posicionalmente, y no se dice nada sobre la necesidad de experimentar esa Presencia realmente.