De esta clase de moral está compuesta la sociedad civilizada. La atmósfera está cargada de ella; la respiramos con cada aliento y la mamamos con la leche materna.
La cultura y la educación refinan un poco estas cosas, pero en lo fundamental las dejan intactas. Se ha creado todo un mundo de literatura para justificar esta clase de vida como la única normal. Y esto es aún más de extrañar, visto que estos son los males que hacen de la vida la amarga lucha que es para todos nosotros.
Todas nuestras cuitas y un gran número de nuestros males físicos brotan directamente de nuestros pecados. Orgullo, arrogancia, resentimiento, malos pensamientos, malicia, codicia: estas son las fuentes de más dolor humano que todas las enfermedades que jamás hayan afligido a la carne mortal.
En un mundo como este, el sonido de las palabras de Jesús resulta maravilloso y extraño, una visitación de lo alto.
Es bueno que haya hablado, pues nadie más podría haberlo hecho igual de bien; y es bueno que escuchemos. Sus palabras son la esencia de la verdad. No está ofreciendo una opinión; Jesús nunca expresó opiniones. Jamás adivinó; Él sabía, y Él sabe.
Sus palabras no son como las de Salomón, la suma de la sabiduría sensata o los resultados de una aguda observación. Él habló desde la plenitud de Su Deidad, y Sus palabras son la Verdad misma. Él es el único que pudo decir «bienaventurados» con completa autoridad, porque Él es el Bienaventurado venido del mundo superior para conferir la bienaventuranza a la humanidad.
Y Sus palabras fueron respaldadas por obras más poderosas que cualquiera realizada en esta tierra por cualquier otro hombre. Es sabiduría para nosotros escuchar.