reinar sin oposición allí. Quería corregir la perversión que existía en tu amor. Ahora puedes quedarte con el muchacho, sano y salvo. Tómalo y vuelve a tu tienda. Ahora sé que temes a Dios, ya que no me has rehusado a tu hijo, tu único hijo».
Entonces el cielo se abrió y se oyó una voz que le decía:
«Por mí mismo he jurado, dice Jehová, que por cuanto has hecho esto, y no has rehusado a tu hijo, tu único hijo; que en gran manera te bendeciré, y multiplicaré tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena que está a la orilla del mar; y tu descendencia poseerá las puertas de sus enemigos; en tu simiente serán benditas todas las naciones de la tierra, por cuanto obedeciste a mi voz».
El viejo hombre de Dios levantó la cabeza para responder a la Voz, y se quedó allí en el monte fuerte, puro y grandioso, un hombre señalado por el Señor para un trato especial, amigo y favorito del Altísimo.
Ahora era un hombre totalmente entregado, un hombre absolutamente obediente, un hombre que no poseía nada. Había concentrado su todo en la persona de su querido hijo, y Dios se lo había quitado.
Dios podría haber comenzado por los márgenes de la vida de Abrahán y haber avanzado hacia el centro; prefirió, en cambio, ir directo al corazón y terminar de una vez con un solo y tajante acto de separación. Al actuar así, aplicó una economía de medios y tiempo. Dolió cruelmente, pero fue eficaz.
He dicho que Abraham no poseía nada. Sin embargo, ¿no era rico este pobre hombre? Todo lo que había poseído antes seguía siendo suyo para disfrutarlo: ovejas, camellos, rebaños y bienes de toda clase. Tenía también a su esposa y a sus amigos, y lo mejor de todo, tenía a su hijo