Debe haber una obra de Dios en la destrucción antes de que seamos libres. Debemos invitar a la cruz a hacer su obra mortal en nuestro interior. Debemos llevar nuestros pecados propios a la cruz para que sean juzgados. Debemos prepararnos para un calvario de sufrimiento en cierta medida semejante al que atravesó nuestro Salvador cuando padeció bajo Poncio Pilato.
Recordemos: cuando hablamos de la rotura del velo estamos hablando en sentido figurado, y la idea de este es poética, casi agradable; pero en la realidad no hay nada de agradable en ello.
En la experiencia humana ese velo está hecho de tejido espiritual vivo; está compuesto de la materia sintiente y palpitante de la que constan todos nuestros seres, y tocarlo es tocarnos allí donde sentimos dolor. Desgarrarlo es lastimarnos, herirnos y hacernos sangrar.
Decir lo contrario es hacer que la cruz no sea cruz y que la muerte no sea muerte en absoluto. Nunca es divertido morir. Rasgar la entrañable y tierna materia de la que está hecha la vida nunca puede ser otra cosa que profundamente doloroso.
Sin embargo, eso fue lo que la cruz le hizo a Jesús y es lo que la cruz le haría a todo hombre para liberarlo.
Guardémonos de andar trasteando con nuestra vida interior con la esperanza de desgarrar nosotros mismos el velo. Dios debe hacerlo todo por nosotros. Nuestra parte es ceder y confiar. Debemos confesar, abandonar, repudiar la vida del ego y luego considerarla crucificada. Pero debemos tener cuidado de distinguir la «aceptación» perezosa de la obra real de Dios. Debemos insistir en que la obra se realice. No nos atrevemos a conformarnos con una doctrina pulcra de la autoincrucifixión. Eso es imitar a Saúl y perdonar lo mejor de las ovejas y de los bueyes.
Insiste en que la obra se realice en verdad y se realizará.