Moran muy dentro de nosotros y forman tanto parte de nuestra naturaleza que no llaman nuestra atención hasta que la luz de Dios se enfoca en ellos. Las manifestaciones más groseras de estos pecados —el egotismo, el exhibicionismo, la autopromoción— son extrañamente toleradas en los líderes cristianos, incluso en círculos de una ortodoxia impecable. Son tan evidentes que, para muchas personas, de hecho han llegado a identificarse con el evangelio. Confío en que no sea una observación cínica decir que hoy en día parecen ser un requisito para la popularidad en algunos sectores de la Iglesia visible. Promover el propio ego bajo la apariencia de promover a Cristo es actualmente tan común que apenas llama la atención.
Se ha de suponer que la instrucción adecuada en las doctrinas de la depravación del hombre y la necesidad de justificación únicamente a través de la justicia de Cristo nos libraría del poder de los pecados del ego; pero las cosas no funcionan así.
El ego puede vivir sin reprensión ante el altar mismo. Puede ver morir a la Víctima sangrante y no inmutarse lo más mínimo por lo que ve. Puede luchar por la fe de los reformadores y predicar con elocuencia el credo de la salvación por gracia, y ganar fuerza con sus esfuerzos.
Para decir toda la verdad, parece alimentarse en realidad de la ortodoxia y se siente más a gusto en una conferencia bíblica que en una taberna. Nuestro mismo estado de anhelo por Dios puede proporcionarle una condición excelente para prosperar y crecer.
El yo es el velo opaco que oculta el Rostro de Dios ante nosotros. Solo puede quitarse mediante la experiencia espiritual, jamás por la mera instrucción. Tanto valdría intentar extirpar la lepra de nuestro organismo a base de instrucciones.