Estos son solo cuatro de innumerables pasajes de este tipo de la Palabra de Dios. Y más importante que cualquier texto probatorio es el hecho de que todo el sentido de la Escritura apunta hacia esta creencia.
¿Qué puede significar todo esto sino que poseemos en nuestros corazones órganos mediante los cuales podemos conocer a Dios tan ciertamente como conocemos las cosas materiales a través de nuestros cinco sentidos habituales?
Percibimos el mundo físico ejerciendo las facultades que nos fueron dadas para tal fin, y poseemos facultades espirituales mediante las cuales podemos conocer a Dios y al mundo espiritual si queremos obedecer el impulso del Espíritu y comenzamos a usarlas.
Aquí se da por sentado que primero debe realizarse una obra salvadora en el corazón.
Las facultades espirituales del hombre no regenerado yacen dormidas en su naturaleza, sin usar y, para todo fin, muertas; ese es el golpe que ha caído sobre nosotros por causa del pecado. Pueden ser vivificadas de nuevo para una vida activa mediante la operación del Espíritu Santo en la regeneración; ese es uno de los beneficios inmensurables que nos llegan a través de la obra expiatoria de Cristo en la cruz.
Pero los propios hijos de Dios, ya redimidos: ¿por qué conocen tan poco de esa comunión consciente y habitual con Dios que las Escrituras parecen ofrecer? La respuesta es nuestra incredulidad crónica. La fe permite que nuestro sentido espiritual funcione. Donde la fe es defectuosa, el resultado será insensibilidad interior y adormecimiento hacia las cosas espirituales. Esta es la condición de un vasto número de cristianos hoy en día. No hace falta ninguna prueba para respaldar esa afirmación. Basta con