y las responde en una sola frase breve que difícilmente tiene igual en ninguna obra no inspirada. « Pregunta: ¿Cuál es el fin principal del hombre? Respuesta: El fin principal del hombre es glorificar a Dios y disfrutar de Él para siempre». Con esto coinciden los veinticuatro ancianos que se postran sobre sus rostros para adorar al que vive por los siglos de los siglos, diciendo: «Señor, digno eres de recibir la gloria y la honra y el poder; porque tú creaste todas las cosas, y por tu voluntad existen y fueron creadas».
Dios nos formó para su deleite, y nos formó de tal manera que tanto nosotros como Él podamos, en divina comunión, disfrutar de la dulce y misteriosa fusión de personalidades afines. Su propósito era que lo viéramos, viviéramos con Él y tomáramos nuestra vida de su sonrisa.
Pero nos hemos hecho culpables de esa «facha rebelión» de la que habla Milton al describir la rebelión de Satanás y sus huestes. Hemos roto con Dios. Hemos dejado de obedecerle o amarle y, con culpa y temor, hemos huido lo más lejos posible de su Presencia.
Sin embargo, ¿quién puede huir de su presencia cuando ni los cielos ni los cielos de los cielos pueden contenerlo? cuando, como testifica la sabiduría de Salomón, «el Espíritu del Señor llena el mundo».
La omnipresencia del Señor es una cosa, y es un hecho solemne necesario para su perfección; la presencia manifiesta es algo totalmente distinto, y de esa presencia hemos huido, como Adán, para escondernos entre los árboles del huerto, o como Pedro para apartarnos diciendo: «Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador».
Así pues, la vida del hombre sobre la tierra es una vida alejada de la Presencia, arrancada de aquel «centro dichoso» que es nuestra morada justa y propia, nuestro primer estado que no conservamos, cuya pérdida es la causa de nuestra incesante inquietud.