Nos hemos metido en la encrucijada de un dilema, es cierto, pero el dilema no es real. Es una criatura del malentendido. La antítesis entre lo sagrado y lo secular no tiene fundamento en el Nuevo Testamento. Sin duda, una comprensión más perfecta de la verdad cristiana nos librará de ella.
El Señor Jesucristo mismo es nuestro ejemplo perfecto, y Él no conoció una vida dividida.
En la presencia de su Padre vivió en la tierra sin tensión, desde su infancia hasta su muerte en la cruz. Dios aceptó la ofrenda de su vida total, y no hizo distinción entre acto y acto.
«Yo hago siempre lo que le agrada»,
fue el breve resumen de su propia vida en relación con el Padre.
Mientras se movía entre los hombres, mantuvo la ecuanimidad y el reposo. La presión y el sufrimiento que soportó surgieron de su posición como el portador del pecado del mundo; nunca fueron el resultado de la incertidumbre moral o el desajuste espiritual.
La exhortación de Pablo a «hacerlo todo para la gloria de Dios» es más que un idealismo piadoso. Es parte integral de la revelación sagrada y debe ser aceptada como la misma Palabra de Verdad.
Nos abre la posibilidad de hacer que cada acto de nuestra vida contribuya a la gloria de Dios. Para que no seamos demasiado pusilánimes como para incluirlo todo, Pablo menciona específicamente el comer y el beber.
Este humilde privilegio lo compartimos con las bestias que perezco. Si estos actos animales tan humildes pueden realizarse de tal manera que honren a Dios, entonces resulta difícil concebir uno que no pueda hacerlo.