El trabajo de un hombre es más productivo con las herramientas adecuadas que sin ellas. La misma energía garantizará rendimientos mucho mayores. Si no fuera así, no se tomaría la molestia de fabricar herramientas ni de utilizarlas.
Pero llamar a las herramientas agentes productivos y premiarlas así es robarle a la energía inteligente, a la habilidad y al genio inventivo aquello que solo ellos pueden producir. Esto degrada al hombre al nivel de la herramienta o exalta la herramienta a la altura de su creador.