La exigencia del capital ha llegado a absorber una gran parte del producto del trabajo.
En 1890 los asalariados crearon un valor de 3.579.168.172 dólares y recibieron de él salarios por un monto de 1.981.228.321 dólares, dejando en manos de los empleadores 1.687.939.851 dólares. El trabajo recibió así un poco menos del 53 por ciento de su producto.
En 1900 los asalariados crearon un valor de 4.640.784.931 dólares y recibieron de él salarios por un monto de 2.323.407.257 dólares, dejando en manos de los empleadores 2.317.377.674 dólares. Los empleadores y los empleados se dividieron el producto del trabajo con tanta equidad que la diferencia no alcanza ni un octavo del uno por ciento.
La década de 1890 a 1900 ha sido de una prosperidad sin precedentes para el capital, pero las ventajas para los trabajadores no se han manifestado.
Si se consideran el número de trabajadores al principio y al final de la década, el ingreso anual del asalariado al final de la década es en realidad de 7 dólares menos al año que hace diez años.
El tributo a la propiedad debe obtenerse primero, los salarios son secundarios.
Si no se paga el tributo, la empresa se considera no exitosa y la industria cierra.
No hay otra protección para el obrero que el egoísmo de los propios capitalistas en competencia por asegurar los servicios de la mano de obra. Pero la lucha egoísta ha resultado más bien en la combinación de sus capitales para prescindir de la mano de obra o hacer que esta misma produzca más mediante el empleo de mayor capital.