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CAPÍTULO VII.

Los tesoros se guardan para la eternidad cuando se utilizan para hacer surgir aquello que ha de sobrevivir a la tumba; para hacer surgir el tipo divino más alto de hombría y mujer hidalga en nosotros mismos, en nuestros hijos y en todos los hijos de los hombres.

Los tesoros gastados en el desarrollo de los inmortales se hallarán cuando las escenas terrenales y temporales hayan desaparecido. Aquello que se gasta en la elevación de la raza será nuestra recompensa eterna.

Dar, dar, y no acumular es lo que se encomia. Él impuso una industria productiva con su ejemplo, el carpintero que trabajaba para ganarse el pan de cada día. Escogió a obreros para que fueran sus seguidores. Enseñó la economía en la orden de recoger los fragmentos del alimento milagrosamente creado "para que nada se pierda", mas la entrega sin reservas fue la lección que inculcó e ilustró en su vida.

Para seguir su ejemplo, debemos producir y producir mucho, pero lo que ganamos ha de ser gastado de modo que se promueva el mayor bienestar de toda la humanidad. No debemos almacenar los frutos de nuestro trabajo, sino gastarlos, no como un pródigo que malgasta, sino de manera sensata y sabia para Dios y para el hombre.

Nuestra entrega solo está limitada por la capacidad y la facilidad para producir. Nuestro Señor no aumentó mayormente la tentación de acumular al librar los tesoros terrenales de la descomposición por la "polilla y el orín" y al permitir en su lugar su incremento. Nuestro acopio de tesoros terrenales debe ser limitado, debido a nuestra disposición a confiar en ellos.

Debemos ser siempre tan dependientes que oremos verdaderamente con el espíritu de dependencia: "Danos hoy nuestro pan de cada día". "No me des pobreza ni riquezas; mantenme del pan necesario".

La economía no exige que acumulemos una cantidad que nos sustente durante toda la vida, y mucho menos que hagamos fortuna para librar a

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