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CAPÍTULO XXX.

Los gastos de una gran guerra deben ser cubiertos. Los impuestos actuales pueden aumentarse ligeramente, pero para hacer frente a la carga se emiten fondos públicos o bonos del Estado que deberán pagarse en una fecha lejana. Esto alivia la riqueza presente, pero la impone a quienes serán los productores de riqueza en las generaciones venideras.

Hume dice: «La práctica de contraer deudas será casi invariablemente abusada por todos los gobiernos. Apenas sería más imprudente darle a un hijo pródigo una línea de crédito con cada banquero que facultar a los hombres de Estado para librar letras de esta manera sobre la posteridad».

Estos bonos públicos son la oportunidad de oro de los usureros. No solo su riqueza se ve liberada de toda carga, sino que ofrece una oportunidad de inversión lucrativa con el mejor deudor posible.

Pueden hacer gala de ciudadanos emprendedores e instar a grandes mejoras públicas, y al mismo tiempo obtener una inversión de lo más segura y lucrativa.

Pueden pasar por patriotas en tiempos de guerra e instar a que esta se impulse con energía a cualquier coste de tesoro y sangre. No es su sangre la que se derrama, ni su riqueza la que se despilfarra. Esto les brinda la oportunidad de imponer sus cargas a la nación para que los productores de las próximas generaciones las carguen a sus espaldas.

Los avasalladores nunca desean que se paguen las deudas públicas. Desean que se emitan por el mayor tiempo posible, y luego que se reemitan, o que se prorrogue el plazo antes de su vencimiento. Esto se hace mediante la ficción llamada conversión, como si fuera una concesión y un favor a un deudor pobre. No es más que un artificio para mantener la carga sobre las espaldas del público. No es una proeza financiera ni un triunfo para el canciller de la hacienda convertir una deuda pública. No hace más que rendirse como

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