Invirtiendo el orden de su argumento, asumieron una premisa falsa, y a partir de ella intentaron demostrar como verdadera la proposición misma que habían encontrado falsa.
Existe la usura de las tierras así como del «dinero o los víveres».
Hace cuarenta años, los indios omaha cruzaron el río y cortaron un poco de hierba fina que crecía en terreno abierto, y se la llevaron a su reserva.
El propietario de las tierras, que vivía en un estado lejano, al enterarse de esto, les exigió a los indios el pago y entabló una demanda contra ellos ante el agente para recuperarlo. Los indios admitieron que habían cortado y tomado la hierba; también admitieron su valor. Su defensa consistía en que este hombre no tenía un derecho superior al de ellos.
Este era un crecimiento natural que no le había costado ningún trabajo, y ellos no habían dañado la tierra. Su orador dijo: «Si el hombre hubiera cavado la tierra y la hubiera sembrado de maíz, y hubiera escardado y cuidado el maíz, el maíz habría sido suyo; pero el Gran Espíritu hizo crecer la hierba y este hombre no le dio trabajo ni cuidado; el bisonte o el ganado podían comerla. ¿No tenemos los derechos del ganado? Este hombre no tiene ningún derecho sobre ella».
El agente decidió en su contra y los obligó a pagarle al hombre. Quedaron muy descontentos y sintieron que habían sido tratados injustamente y oprimidos, porque tuvieron que pagar aquello que el hombre nunca se había ganado.
Los hombres rojos no estaban versados en los estatutos legales ni educados en la tutela de la usura, pero no se puede negar que interpretaron muy con precisión la ley escrita en la razón y la conciencia: que ningún hombre tiene ningún derecho especial sobre aquello que no se ha ganado.