Si Pedro tan solo hubiera pensado en poner un centavo a interés, hoy no haría falta el óbolo de San Pedro.
Con cualquier acumulación permitida, la concentración de riqueza es irresistible. Por pequeña que sea la cantidad de capital, si se le permite crecer a cualquier tasa de incremento, acabará por absorberlo todo. A cualquier cantidad finita que se le permita cualquier tasa de incremento finita, le bastará un tiempo finito para acaparar todo lo que sea menor que infinito.
La única dificultad en esta acumulación es asegurar deudores que no mueran. Heredamos la propiedad de nuestros padres, pero por fortuna no heredamos sus deudas personales. Esta dificultad se está superando mediante bonos de corporaciones y naciones que perduran, aunque los individuos que las componen vayan muriendo de generación en generación. Esto hace que el incremento sea perpetuo. Las generaciones pueden venir y irse, pero la concentración de riqueza continúa ininterrumpidamente.
Esto no es teoría visionaria, sino que se demuestra en los resultados prácticos evidentes en todas partes.
Los usureros de Inglaterra, hace poco más de doscientos años, consiguieron la carta constitutiva de un banco con la condición de que le prestaran a la corona o gobierno 1.200.000 libras esterlinas, unos seis millones de dólares.
Este era un préstamo perpetuo, que nunca debía ser reembolsado, pero el gobierno debía pagar un interés anual del ocho por ciento para siempre. Este constante interés anual pagado a este banco lo ha convertido en una potencia financiera tal que llega y atrae hacia sí los recursos de todas las tierras. La riqueza agregada de la institución, si las acreciones hubieran sido continuas, ascendería ahora a 25.165.824.000.000 dólares.