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CAPÍTULO XXII. EL HÁBITO DE LA DEUDA

su salón con instrumentos musicales «a plazos». Todas sus necesidades y gustos pueden satisfacerse de golpe contrarayendo deudas. Para evitar las deudas se requiere un esfuerzo decidido y constante por resistir. Son pocos los que han podido escapar. No se puede calcular el volumen total del endeudamiento privado.

Pocas fábricas están libres de deudas. Por lo general, soportan toda la carga que su crédito les permite asegurar.

Los ferrocarriles y otras corporaciones están bajo deudas obligatorias que exigen su comercio al máximo para sostenerse.

Condados y municipios han contraído el hábito contagioso. Se emiten bonos para construir escuelas, ayuntamientos, viaductos, obras hidráulicas y pavimentar calles.

Yace sobre esta mesa una lista de todas las ciudades de esta gran tierra, los Estados Unidos, con su número de habitantes y sus deudas públicas.

No hay más que seis ciudades pequeñas en la larga lista sin deudas. En algunas la cantidad es enorme, llegando la deuda de la ciudad en ciertos casos a cien, y a ciento cincuenta, y a doscientos dólares por habitante.

Es decir, recae una deuda municipal sobre cada hombre, mujer y niño de doscientos dólares. Sobre esta cantidad se deben pagar intereses, doce dólares al año, un dólar al mes por cada hombre, mujer y niño.

También yace sobre la mesa un informe sobre la situación financiera de la gran ciudad más cercana. Está redactado con un espíritu optimista y declara que el crédito de la ciudad está «inmejorable». El endeudamiento es de ocho millones, pero la valoración fiscal de la ciudad es tan alta que se pueden emitir dos millones más en bonos antes de alcanzar el límite de endeudamiento establecido por la ley general.

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