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CAPÍTULO XVI.

Un árbol es una cosa que él puede preparar para sus propios fines, como combustible, como herramienta o para una vivienda, según le plazca.

Isaías ridiculizó al idólatra de su tiempo, que hacía un ídolo de madera y lo adoraba, mientras que con otra parte del mismo árbol encendía fuego y se calentaba. Una parte le servía a él y otra parte era servida por él. Todo el árbol le estaba sujeto; en sí mismo no tenía derechos.

Los derechos pertenecen a las personas, y no a las cosas, y la personalidad no puede transferirse a una cosa.

Si no hay un propietario personal, la cuestión de los derechos nunca se plantea.

  • El árbol, o cualquier cosa que sea, no tiene derechos en el asunto.
  • Los derechos pertenecen al propietario, a la persona, no a la cosa que posee.

La caza en los bosques de las montañas y los peces en los ríos son cosas sin dueño y quien quiera puede tomarlas y usarlas.

La tierra es una cosa, y cualquier persona puede convertirla en una granja o jardín y construir en ella su hogar. La tierra no tiene derechos ni presenta protesta alguna.

Toda la tierra está sujeta al hombre y debe ser subyugada por él. Si no aparece ningún propietario, sus derechos no se disputan. Nuestros padres hallaron un continente sin dueño, con todos sus ricos recursos de suelo, bosques y minas. Era para ellos libre, y con el trabajo de unas pocas generaciones lo transformaron en granjas y plantaciones y lo cubrieron de magníficas ciudades.

Incluso aquello que antes era propiedad de otro carece de derechos. La cabaña de cazador abandonada en las montañas puede ser apropiada. La granja abandonada no se resiste a un nuevo inquilino. Una

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