que no se pierda nada».
El trabajo y la economía impuestos no son frugalidad. Cuando mediante salarios bajos o condiciones agobiantes las necesidades de la vida se aseguran con dificultad, se puede fomentar precisamente la disposición contraria. Al eliminarse las restricciones externas, se puede caer en el derroche más desenfrenado. Esto se aduce a veces como excusa para los salarios bajos y agobiantes; que «los obreros y sus esposas no tienen idea de ahorrar»; que los salarios más altos se malgastarían en un desvarío insensato.
Nadie en condiciones normales desperdiciará aquello que le ha costado un duro trabajo. Su cuidado hacia ello será naturalmente proporcional al esfuerzo que fue necesario para obtenerlo.
Quienes malgastan la riqueza del mundo no son aquellos que, con el sudor de su frente, la han producido. El hábito de la frugalidad proviene del conocimiento del valor de una cosa, aprendido al ganarla. Solo aquello que llega sin esfuerzo se gasta sin pensarlo.
Aquellos que tienen su sustento asegurado por el incremento o los intereses del capital «productivo», al no tener necesidad de la industria, se ocupan por completo de gastar; pero solo al gastar no se aprecia el valor de lo gastado, el hábito del derroche crece y se convierten en los holgazanes y derrochadores del mundo.