El juego era un pecado común. Había loterías organizadas para recaudar fondos destinados a gastos estatales y municipales. Había rifas en ferias de la iglesia para sufragar las ordenanzas en el santuario. Las reglas de los juegos estaban protegidas por las leyes del estado.
Nadie que hubiera perdido en un juego podía reclamar por la vía legal a menos que probara que no se habían seguido las reglas del juego. Las reglas del juego se consideraban tan legítimas como las regulaciones de cualquier negocio. El jugador solo infringía la ley cuando «hacía trampas».
Ahora el juego es ilegal en todos los estados y territorios, y se prohíbe la entrada al correo a cualquier periódico que anuncie una lotería. Incluso a un jugador «honesto» se le clasifica hoy entre los ladrones.
La intemperancia estragó el siglo XVIII y más de la mitad del XIX. El whisky era el rey. Mediante una falsa fisiología, se convirtió en opinión casi universal que en gran parte de los Estados Unidos el clima exigía el consumo de «espíritus ardientes». Ministros y clases de todas condiciones vivían así engañados, y casi todas las personas, adultas o niñas, eran consumidoras.
«Al levantarse por la mañana hay que tomar un vaso de licor para abrir el apetito para el desayuno. A las once en punto, el comerciante en su despacho, el herrero en su fragua, el segador en el campo de heno, se tomaban un trago para cobrar fuerzas hasta que sonara la campana o tocara el cuerno para la hora de comer. A media tarde volvían a beber. Cuando la labor del día terminaba, antes de acostarse, se atizaban otro vaso. Era la rutina habitual de beber en las familias bien reguladas y templadas. La hospitalidad comenzaba con la bebida. "¿Qué va a tomar?", era la pregunta del anfitrión al visitante. No aceptar la hospitalidad ofrecida era una falta de respeto. ¿Se alzaba una casa de reuniones?, tenía que haber hospitalidad para toda la parroquia: no