obligado a huir de su hogar y a no ver el rostro de su padre durante veinte años; que la conciencia de este pecado y de la merecida venganza del hermano a quien con ello defraudó y al que creía pisándole los talones, provocó aquella noche de lucha en la que no pudo soltar al ángel hasta obtener su promesa de liberación.
La abstinencia, para ser benevolente, debe ser un acto de amoroso sacrificio propio y personal por otro. La abstinencia benevolente es su propia recompensa y no pide más.
La abstinencia con la esperanza de obtener ganancias, negándose a sí mismo mientras otro utiliza su riqueza, no puede considerarse un acto de benevolencia, sino de una codicia mezquina y ruin; más gratificado al ver aumentar su riqueza que al disfrutar él mismo de su uso.
Ese es el espíritu del avaro y recibe el desprecio de todas las personas de bien.
Que los economistas políticos tienen razón en su análisis del pensamiento común sobre la usura; que el riesgo, el tiempo y la abstinencia son los elementos de su base en la mente popular, no se puede negar; pero si estos son de hecho los elementos, entonces la usura no tiene sustento en la equidad y debe ser condenada por toda conciencia ilustrada.