Este problema del valor de la compasión y de la moral de la compasión (yo soy un adversario de la infame emasculación moderna de nuestros sentimientos) parece a primera vista un problema puramente aislado, un signo de interrogación solitario; quien, sin embargo, se detiene una vez ante este problema y aprende a formular preguntas, experimentará lo que yo experimenté:—se abre ante él una nueva e inmensa perspectiva, un sentimiento de potencialidad le embarga como un vértigo, brota toda suerte de dudas, desconfianzas y temores, la creencia en la moral, ¡qué digo!, en toda la moral, se tambalea—por fin se alza una nueva exigencia.
Hablemos en voz alta de esta nueva exigencia: necesitamos una crítica de los valores morales, hay que poner por vez primera en entredicho el valor mismo de estos valores —y para este fin se necesita un conocimiento de las condiciones y circunstancias de las que aquellos crecieron, y bajo las cuales experimentaron su evolución y su distorsión (la moral como resultado, como síntoma, como máscara, como tartufería, como enfermedad, como malentendido; pero también la moral como causa, como remedio, como estimulante, como grillete, como droga), sobre todo porque un conocimiento tal ni ha existido hasta el presente ni se desea tampoco hoy de forma general.
El valor de estos «valores» se daba por sentado como un hecho indiscutible, que estaba más allá de toda duda. Nadie ha manifestado, hasta el presente, la más leve duda o vacilación al juzgar que el «hombre bueno» es de un valor superior al del «hombre malvado», de un valor superior con respecto específicamente al progreso humano, a la utilidad y a la prosperidad en general, sin olvidar el porvenir.
¿Qué? ¡Supongamos que lo contrario fuera la verdad!
¿Qué? ¡Supongamos que en el «hombre bueno» acechara un síntoma de regresión, como un peligro, una tentación, un veneno, un narcótico, mediante el cual el presente se cebara en el futuro!
¡Más cómodo y menos arriesgado tal vez que su opuesto, pero también más mezquino, más vil!
¿De modo que a la moralidad se le cargaría realmente la culpa si el potencial máximo de la potencia y el esplendor de la especie humana no fuera alcanzado jamás?
¿De modo que la moralidad fuera realmente el peligro de los peligros?