Semejante adormecimiento hipnótico de la sensibilidad y de la susceptibilidad al dolor, el cual presupone facultades un tanto raras, especialmente valor, desprecio por la opinión, estoicismo intelectual, es menos frecuente que otra disciplina ciertamente más fácil que se pone a prueba contra los estados de depresión. Me refiero a la actividad mecánica. Es indiscutible que una existencia sufriente puede ser considerablemente aliviada de este modo. Este hecho recibe hoy el título un tanto ignominioso de la «bendición del trabajo». El alivio consiste en que la atención del sufriente es desviada absolutamente del sufrimiento, en el monopolio incesante de la conciencia por la acción, de modo que en consecuencia queda poco espacio para el sufrimiento —¡pues es estrecha, esta cámara de la conciencia humana!—. La actividad mecánica y sus corolarios, tales como la regularidad absoluta, la obediencia minuciosa e irracional, la rutina crónica de la vida, la ocupación completa del tiempo, cierta libertad para ser impersonal, es más, una disciplina en la «impersonalidad», el olvido de sí, la « incuria sui » —¡con qué minuciosidad y experta sutileza han sido explotados todos estos métodos por el sacerdote asceta en su guerra contra el dolor!
Cuando tiene que habérselas con sufrientes de las clases bajas, esclavos o prisioneros (o mujeres, que en su mayor parte son una combinación de esclava laboral y prisionera), todo lo que tiene que hacer es jugar un poco con los nombres y rebautizar, de modo que hagan ver en adelante como un beneficio, como una felicidad comparativa, objetos que antes odiaban; el descontento del esclavo con su suerte no fue inventado en absoluto por los sacerdotes.
Un medio todavía más popular para combatir la depresión es la ordenación de una pequeña alegría, que es fácilmente accesible y puede convertirse en regla; este medicamento se emplea con frecuencia en conjunción con los anteriores. La forma más frecuente en que se prescribe la alegría como cura es la alegría de producir alegría (como hacer el bien, dar regalos, aliviar, ayudar, exhortar, consolar, alabar, tratar con distinción); junto con la prescripción de «ama a tu prójimo».
El sacerdote ascético prescribe, aunque en las dosis más prudentes, lo que es prácticamente una estimulación del impulso más fuerte y de mayor afirmación vital: la Voluntad de Poder. La felicidad implicada en la «pequeña superioridad» que acompaña a todo beneficio, ayuda, exaltación, al hecho de hacerse útil, es el consuelo más amplio del que, si están bien aconsejadas, se valen las distorsiones fisiológicas; en otros casos se hacen daño mutuamente, y ello de manera natural en obediencia a ese mismo instinto radical.
Una investigación sobre el origen del cristianismo en el mundo romano muestra que en el estrato más bajo de la sociedad contemporánea surgieron asociaciones cooperativas para la pobreza, la enfermedad y el entierro, en cuyo seno se fomentaba deliberadamente el principal antídoto contra la depresión: la pequeña alegría experimentada en los beneficios mutuos. ¿Acaso esto era entonces una novedad, un verdadero descubrimiento? Esta evocación de la voluntad de cooperación, de organización familiar, de vida comunitaria, de « Coenacula », hizo que la Voluntad de Poder, que ya había sido estimulada de forma infinitesimal, llegara a una manifestación nueva y mucho más plena.
La organización en rebaño es un genuino avance y un triunfo en la lucha contra la depresión. Con el crecimiento de la comunidad madura incluso para el individuo un nuevo interés, que muy a menudo lo saca del elemento más personal de su descontento, su aversión hacia sí mismo, el « despectus sui » de Geulincx. Todos los enfermos y achacosos se esfuerzan instintivamente por lograr una organización en rebaño, movidos por el deseo de sacudirse su sentimiento de opresiva incomodidad y debilidad; el sacerdote ascético adivina este instinto y lo promueve; dondequiera que existe un rebaño, es el instinto de la debilidad el que ha deseado el rebaño, y la astucia de los sacerdotes la que lo ha organizado, pues —reparémoslo bien— con una necesidad igualmente natural, los fuertes se esfuerzan tanto por el aislamiento como los débiles por la unión: cuando los primeros se unen, lo hacen únicamente con vistas a una acción conjunta agresiva y a una satisfacción conjunta de su Voluntad de Poder, muy a pesar de los deseos de sus conciencias individuales; los segundos, por el contrario, se alinean con deleite positivo en tal alarde: sus instintos se ven tan gratificados por ello como los instintos del «amo nato» (es decir, la especie humana solitaria de las bestias de presa) se ven perturbados y heridos en lo más hondo por la organización.
Siempre acecha bajo toda oligarquía —tal es la lección universal de la historia— el deseo de tiranía. Toda oligarquía tiembla continuamente con la tensión del esfuerzo que cada individuo requiere para seguir dominando este deseo. (Tal fue, por ejemplo, la griega; Platón lo muestra en cien lugares, Platón, que conocía a sus contemporáneos y a sí mismo ).