¡Todo honor, pues, a las nobles almas que quisieran dominar a estos historiadores de la moral! Pero es ciertamente una lástima que carezcan del sentido histórico mismo, que se vean por completo abandonados por todos los espíritus benévolos de la historia.
Todo el curso de su pensamiento discurre, como siempre fue la manera de los filósofos a la antigua usanza, por cauces totalmente antihistóricos: sobre este punto no hay duda.
La flagrante ineptitud de su genealogía de la moral se hace evidente de inmediato en cuanto surge la cuestión de averiguar el origen de la idea y del juicio del «bien».
«El hombre —reza su decreto— alabó y llamó originariamente “buenos” los actos altruistas desde el punto de vista de aquellos a quienes se conferían, es decir, de aquellos a quienes resultaban útiles; con posterioridad, el origen de esta alabanza cayó en el olvido, y los actos altruistas, simplemente porque, por mera cuestión de hábito, se alababan como buenos, pasaron también a sentirse como buenos, como si contuvieran en sí mismos alguna bondad intrínseca».
La cosa es obvia: esta derivación inicial contiene ya todos los rasgos típicos e idiosincrásicos de los psicólogos ingleses; tenemos la «utilidad», el «olvido», el «hábito» y, por último, el «error», todo el conjunto formando la base de un sistema de valores del que el hombre superior se ha enorgullecido hasta el presente como si fuera una especie de privilegio del hombre en general.
Este orgullo debe ser abatido, este sistema de valores debe perder sus valores: ¿se ha logrado eso?