ha criado a sí mismo un poder de oposición, una memoria, con cuya ayuda el olvido es, en ciertos casos, mantenido a raya —a saber, en aquellos casos en los que se deben hacer promesas—; de modo que no es en modo alguno una mera incapacidad pasiva para desembarcarse de una impresión una vez grabada, no meramente la indigestión ocasionada por una palabra una vez empeñada de la que uno no puede desprenderse, sino un rechazo activo a desprenderse de ella, el persistir y el desear persistir en lo que una vez ha sido querido, una memoria real de la voluntad; de modo que entre el «yo quiero», «yo haré» originales, y la descarga real de la voluntad, su acto, podemos interponer fácilmente un mundo de nuevos y extraños fenómenos, circunstancias, voliciones verdaderas, sin que se rompa esta larga cadena de la voluntad.
¿Pero cuál es la hipótesis subyacente en todo esto? ¡Qué a fondo, para poder regular así el porvenir, tuvo que haber aprendido primero el hombre a distinguir entre fenómenos necesarios y accidentales, a pensar causalmente, a ver lo lejano como presente y a anticiparlo, a fijar con certeza qué es el fin y qué es el medio para ese fin; ante todo, a contar, a tener la capacidad de calcular—qué a fondo tuvo que haberse vuelto primero el hombre calculable, disciplinado, necesario incluso para sí mismo y para su propia concepción de sí, para que, como quien hace una promesa, pudiera garantizarse a sí mismo como un porvenir!