imagen del «bárbaro», del «enemigo malvado», tal vez del «godo» y del «vándalo». La profunda y helada desconfianza que el alemán provoca, tan pronto como llega al poder —incluso en la actualidad—, es siempre todavía un rescoldo de aquel horror inextinguible con el que durante siglos enteros Europa ha contemplado la ira de la rubia bestia teutona (a pesar de que entre los antiguos germanos y nosotros apenas existe relación alguna psicológica, por no hablar de la física).
En otra ocasión he llamado la atención sobre el apuro de Hesíodo cuando concibió la serie de las edades sociales y se esforzó por expresarlas en oro, plata y bronce. Solo pudo resolver la contradicción con la que se enfrentaba respecto al mundo homérico —una edad ciertamente magnífica, pero al mismo tiempo tan terrible y violenta— haciendo de una edad dos, que a partir de entonces situó una tras otra: primero, la edad de los héroes y semidioses, tal como ese mundo había permanecido en la memoria de las familias aristocráticas, que encontraban en él a sus propios antepasados; segundo, la edad de bronce, tal como esa misma época se aparecía a los descendientes de los oprimidos, despojados, maltratados, exiliados, esclavizados; a saber, como una edad de bronce, como he dicho, dura, fría, terrible, sin sentimientos y sin conciencia, que todo lo aplasta y todo lo salpica de sangre.
Aceptada la verdad de la teoría hoy tenida por verdadera de que la esencia misma de toda civilización consiste en extraer del hombre, de la bestia de presa, un animal domesticado y civilizado, un animal doméstico, se sigue indudablemente que debemos considerar como los auténticos instrumentos de la civilización a todos aquellos instintos de reacción y de resentimiento con cuya ayuda las razas aristocráticas, junto con sus ideales, acabaron por ser degradadas y subyugadas; aunque esto aún no equivalga a decir que los portadores de esos instrumentos representaran también la civilización. Ocurre más bien lo contrario, que no solo es probable —¡qué va!, hoy es palpable—; estos portadores de instintos vindicativos que deben mantenerse reprimidos, estos descendientes de