Guardaos de tomar a la ligera este fenómeno debido a su fealdad dolorosa inicial. En el fondo es la misma fuerza activa que obra a mayor escala en esos artistas y organizadores potentes, y que edifica los Estados; la cual aquí, de manera interna, en una escala menor y más mezquina y con una tendencia retrógrada, se convierte para sí misma en una mala ciencia en el «laberinto del pecho» (según la expresión de Goethe) y edifica ideales negativos; es, lo repito, ese idéntico instinto de libertad (para usar mi propio lenguaje, la voluntad de poder): sólo que la materia sobre la que esta fuerza, con toda su naturaleza constructiva y tiránica, se desata, es aquí el hombre mismo, todo su antiguo yo animal —y no, como en el caso de ese fenómeno más grandioso y sensacional, el otro hombre, los otros hombres.
Esta secreta tiranía de uno mismo, esta crueldad del artista, este deleite en darse forma a uno mismo como una pieza de materia difícil, refractaria y sufriente, en grabar a fuego una voluntad, una crítica, una contradicción, un desprecio, una negación; esta siniestra y espantosa labor de amor por parte de un alma cuya voluntad se halla hendida en dos dentro de sí misma, que se hace sufrir por el deleite de infligir sufrimiento; esta mala conciencia plenamente activa ha producido finalmente (como ya se colige) —siendo como es la verdadera fuente del idealismo y de la imaginación— una abundancia de belleza y afirmación novedosas y asombrosas, y tal vez haya sido realmente la primera en dar a luz a la belleza en absoluto. ¿Qué sería la belleza, por cierto, si su contradicción no se hubiera presentado primero a la conciencia, si lo feo no se hubiera dicho a sí mismo primero: «Soy feo»?
A todo esto, después de esta indirecta, el problema de hasta qué punto el idealismo y la belleza pueden rastrearse en ideas tan opuestas como «abnegación», «negación de sí mismo», «sacrificio de propio», se vuelve menos problemático; e indudablemente en el futuro sabremos con certeza el carácter real y original del deleite experimentado por el abnegado, el que se niega a sí mismo, el que se sacrifica: este deleite es una fase de la crueldad.—Baste esto provisionalmente sobre el origen del «altruismo» como valor moral, y sobre la delimitación del terreno del que ha crecido este valor: solo la mala conciencia, solo la voluntad de automutilación, proporciona las condiciones necesarias para la existencia del altruismo como valor.